|
Carta
Lacaniana
Por
Abelardo Castillo
Texto
del libro: LAS PALABRAS Y LOS DIAS, Editorial Seix Barral, 224 págs. 1999.
Colección: Biblioteca Breve.San
Pedro, octubre de 1981
Señor Contador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires S / D
Señor: me dirijo a usted y por su intermedio a la Comisión Directiva de esa
institución para dejar constancia escrita, vale decir "a la letra"
(cfr. Écrits) de que en el acto de pago a mis conferencias sobre Edgar Poe ha
quedado un residuo, como diría el doctor Lacan, que usted, como psicoanalista,
debería poder analizar. Ante todo: me doy cuenta de la incompatibilidad que
existe entre la función de contador y la de analista. El analista escucha; el
que cuenta, o sea el contador, es el paciente. Que usted, doctor, deba sobrellevar
en la Escuela Freudiana un cargo, el de contador, por completo antagónico con
su profesión habitual, nos ha creado quizá este pequeño problema que, sin embargo,
no puede ser resuelto transfiriéndomelo a mí. En cuestiones de sexo y de dinero,
me han dicho que ha dicho Freud, hay que hablar claro. Puede que yo no fuera
del todo explícito cuando fijé mis honorarios en setecientos cincuenta mil pesos
por conferencia, pero muy oscuro no puedo haber sido puesto que eso fue, exactamente,
lo que se me pagó por mi primera charla, y, para que la exactitud resultara
incluso cronológica, tal pago se efectuó la misma noche del acto. Connotaciones
prostibularias al margen, le hago notar que, en cambio, para mi segunda charla
no sólo se decidió mitigar mis honorarios, sino que, concluido el acto, no había
nadie en su oficina siquiera para informarme de la informal merma. Al día siguiente,
y por procuración, me enteré de que sólo recibiría dos tercios de lo acordado
(y, si no acordado, al menos re-cordado, por mí, que tenía presente lo acontecido
la semana anterior), dos tercios, hago notar de paso, aleatoriamente desvalorizados
por la súbita caída del peso argentino, devaluación que ni usted ni yo podíamos
prever, aunque quizá el homo económicus que hay en usted, estimado contador-analista,
esté más capacitado que yo para evaluar.
O de otro modo: siento que, por lo menos, se me adeudan
doscientos cincuenta mil pesos. Y digo "por lo menos" no porque reclame
indexación por la citada caída del peso, sino porque, en casos como éste, se
acostumbra, por lo menos, la cortesía de una disculpa.
No he consultado esto con mi analista porque, acaso
desdichadamente, no me analizo, tal vez usted pueda consultarlo con el suyo
y lleguemos finalmente a un cuerdo acuerdo. Mientras tanto le confieso que mi
planteo es puramente ético. Y por más de una razón. Si usted, doctor, ha leído
bien a Freud y a Lacan advertirá, en primer término, que si yo no cobro por
lo que hago, en realidad estoy pagando. Llamémosle a esto complejo de culpa
y verá en qué aprieto me pone usted con su actitud: ¿qué error o falta de decoro
cometí yo al dar esas conferencias (o antes, tal vez en mi infancia) para tener
que pagar por ellas? Si no cobro, señor, deberé tal vez analizarme para descubrirlo,
lo cual, espantosamente, me obligaría a pagar acaso innumerables sesiones a
un psicoanalista para re-cobrar, pagando, lo que pagué por no cobrar. No puede
ser ésta la solución. A menos que mi analista fuera usted y yo no le pagara,
o yo lo analizara a usted cobrándole lo que me debe por mis conferencias, más
unos centavos simbólicos, para evitarle una mala transferencia.
La otra cuestión ética, es casi estética. Soy escritor.
Hace veinticinco años que vengo luchando por la dignidad del trabajo intelectual.
En una sociedad como la nuestra, parte de esa dignidad consiste en que la inteligencia
sirva, materialmente, para vivir. Si usted hubiese estado presente en mis charlas
sobre Edgar Poe ya sabría qué significó para ese hombre, asumir esa ética. Sin
contar con que, de haber estado usted, la deuda de su institución conmigo sería
menor en veinte mil pesos, ya que, poéticamente al menos, su pago de la entrada
habría llegado a destino, como la carta famosa que recuperó el chevalier Dupin
y que analizó el doctor Lacan. Pero acaso juzgo mal y usted estuvo. Entonces,
señor, quedo su amigo, pues usted como analista ya pagó, aunque no a mí, y en
todo caso escuchó lo que pienso sobre la ética, la poesía y la inteligencia,
y no hace falta repetirlo.
Si esto es así, me disculpo yo. Y, al desagraviarlo, desagravio en efigie
a toda la comisión directiva de la Escuela Freudiana, a la que dono esa residual
tercera parte de mis honorarios para que, por ejemplo, hagan arreglar el micrófono
que no siempre funciona como debe, por decirlo así.
Saludo en usted cordialmente al analista, me despido
para siempre del contador y, si ha tenido la paciencia de leer hasta el fin
esta carta, deploro que esa paciencia lo haya convertido, por un rato, en mi
paciente.
|