Baudelaire y Las Nubes

De El Aire y los Sueños
Por Gastón Bachelard
Traducción de Ernestina de Champourcin, 2º edición, 1993.
Editorial: Fondo de Cultura Económica.

    (...) La imaginación entera, ávida de realidades, de atmósfera, aumenta cada impresión con una imagen nueva. El ser se siente, como dice Rilke, en la víspera de ser escrito. "Esta vez voy a ser escrito. Soy la impresión que va a transponerse" (Cuadernos de Malte Laurids Brígge). En esta transposición, la imaginación hace surgir una de esas flores maniqueas que confunden los colores del bien y del mal, que transgreden las leyes más constantes de los valores humanos. Se recogen esas flores en Novalis, Shelley, Edgar Poe, Baudelaire, Rimbaud, Nietzsche. Saboreándolas se tiene la impresión de que la imaginación es una de las fuerzas de la audacia humana, y se recibe un dinamismo innovador.

    (...) Por un lado, en una dialéctica inmediata, inscribiríamos a frase de Supervielle "Todo me es nube y muero de ello", y por otro el poema en prosa -el primero que abre el florilegio- de Baudelaire:

-¿Qué amas tú, extraordinario extranjero?
-Amo las nubes. . . las nubes que pasan... allá. . . ¡las maravillosas nubes!

    (...) Podría decirse que la contemplación de las nubes nos pone delante un mundo donde hay tantas formas como movimientos; los movimientos le dan formas, las formas están en movimiento y el movimiento las deforma siempre. Es un universo de formas en continua transformación.
    Los temperamentos poéticos más diversos pueden mimar, según la expresión de Baudelaire, "esas bellezas meteorológicas" (Curiosidades estéticas). Estudiando el cielo de un paisajista, Baudelaire escribe: "Todas esas nubes de formas fantásticas y luminosas, esas caóticas tinieblas, esas inmensidades rosas y verdes, suspendidas y añadidas las unas a las otras, esas hornazas abiertas, esos firmamentos de raso negro o morado, arrugado, enrollado o rasgado, esos horizontes de luto o chorreando metal fundido, todos esos esplendores se me subieron al cerebro como una bebida espirituosa o como la elocuencia del opio." Baudelaire, el hombre de las ciudades, el poeta de lo humano, captado de pronto por el poder de la contemplación cósmica, añade: "Cosa curiosa, ante esas magias líquidas o aéreas, no se me ocurrió quejarme una sola vez de la ausencia del hombre."

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