Exploración en el Vórtice de Artaud

Por Tomás Barna

El supuestamente esquizofrénico Antonin Artaud produjo en el concepto de lucidez y -por ende- de locura... una auténtica revolución provocada por su pensamiento, su obra y su acción. Fue una explosiva ruptura, puesto que con sus ideas comienza a trastabillar el significado exacto del vocablo RAZON. Es que si el hombre no ha logrado gestar una sociedad en la que deberían reinar la armonía, la comprensión y el amor -no obstante poseer un cerebro evolucionado -¿eso no es índice de una falencia, anomalía o tara evidente, y -en tal caso- no sería ésa una señal de locura? ¡La inversión de los valores -señalada por Nietzsche- cristaliza plenamente en el pensamiento de Artaud, quien se proyecta -con plena lucidez- más allá de la razón! Así es como este león de la transgresión puede rugir sus "mensajes revolucionarios", y así es como este adalid de la verdad consigue enarbolar las banderas de la "revolución de la conciencia" que exige destruir los esquemas preestablecidos, las costumbres regidas por las religiones y las instituciones culturales cargadas de academicismos y de escoria intelectual. Artaud llega hasta el extremo límite de rechazar su identidad, hasta echar mano del grito para sustituir a la palabra, hasta poner en duda la pertenencia de su cuerpo, y todo ello impulsado por su búsqueda de re-hacerse, por su avidez de independencia total, de libertad y de pureza que -al fin de cuentas- es el ideal que debería nutrir a todo ser humano.
La denominada "locura" de Antonin Artaud ha sido una acción revolucionaria, estremecedoramente consciente, caracterizada por una coherencia que desembocó en un abismo saturado de dolor y de incandescencia.
¡Con qué acierto, al referirse a Artaud, exclamó Maurice Blanchot: "Cuando él habla de la vida, es del fuego que habla; cuando nombra el vació es la quemadura que provoca el vacío, el ardor del espacio en carne viva, la incandescencia del desierto!"
Asimismo observemos la exactitud de André Breton al expresar: "El grito de Artaud parte de las "cavernas del ser". La juventud reconocerá como suyo, para siempre, este estandarte calcinado."
Y a no olvidar, entonces, lo que Artaud escribió con tanto fervor: "La juventud sueña con la vida y corre en pos de la vida, pero esa vida la persigue -si se puede decir- en su esencia: la juventud quiere saber por qué la vida está enferma y qué es lo que pudrió la idea de la vida." Artaud consideraba que la poesía era un acto inseparable de la vida. Proclamaba: "Quemar las formas para obtener la vida."
La escritura fragmentaria de Artaud obedece a su rechazo por la obra como construcción fija, aprisionada dentro de formas determinadas. Refleja, a la vez, las fisuras de una existencia (la suya) "destrozada cada medianoche" -como él decía-. Artaud -anticipándose a Michel Leiris- se entregó a una literatura tauromáquica, siendo él mismo el toro. Embistió con toda su furia contra su cuerpo viejo, contra su alma antigua -ambos elementos de su ser que él no había deseado-.
¿Por qué estaba obligado a vivir con algo que no había pedido? Él quería crearse su propia esencia, su propio "caparazón".¿No es, acaso, absurdo que hayamos nacido para tener que morir indeclinablemente... luego de haber gozado en la vida, como en un paraíso, y -por lo tanto- no querer abandonarla, o -por lo contrario- tener que sufrirla como un castigo infernal?¿Qué sentido se le puede encontrar a esta realidad-pesadilla?
Por poseer perfectamente conciencia de todo esto, Artaud se dejó abrasar por las llamas que él mismo encendió, mentalmente, impulsado por una fuerza interior, desgarradora y desgarrante, que lo llevó al aniquilamiento de su "yo central". Artaud se fue despojando de su rostro de su cuerpo, de su espíritu, en un intento de arrancarse el chaleco de fuerza que enjaulaba sus anhelos.
En "EL PESA-NERVIOS", desde la primera página comienza a transferirnos los latidos de su interioridad: "Somos unos pocos, en esta época, empeñados en atentar contra las cosas, en crear en nosotros espacios para la vida, espacios que no estaban y no parecían tener que encontrar un sitio en el espacio". Y, más adelante, se zambulle de lleno en las profundidades del ser: "Saben lo que es la sensibilidad suspendida, esa especie de vitalidad aterradora y escindida en dos, ese punto de cohesión necesaria en pos del cual el ser no se yergue más, ese lugar amenazador, ese lugar contundente". Y corona estas vibraciones del alma, hechas poesía mediante un lenguaje-esencia, con esta floración de su mente plena de delirio y de extraña lucidez: "Si uno pudiese gustar al menos de su nada, si uno pudiera descansar bien en su nada, y esa nada no fuese una cierta clase de ser... pero tampoco la muerte completa. Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí. ¡Sólo tengo una ocupación: rehacerme!".
Para Artaud no existen diferencias de géneros literarios en lo que atañe a su escritura, tanto se trate de una carta, de un ensayo, de una pieza teatral o de un poema (aunque yo palpo en toda la obra que nos ha legado una permanente vibración poética). En "EL OMBLIGO DE LOS LIMBOS" escribe: "Yo me encuentro conmigo mismo tanto en una carta escrita para explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de mi vida, como en un ensayo exterior a mí mismo, y que surge como una gravidez indiferente de mi espíritu."
Todo tipo de escritura, para Artaud, cumple la misma función: intentar acceder a la existencia mediante la creación, atenuar la tortura que desgarra a su ser, recomponer sus sensaciones resquebrajadas y sus pensamientos que son ecos fieles de su conciencia.
Para Artaud la escritura es una terapia. Al hablar de su desequilibrio mental que -curiosamente- crea una insólita armonía en su atribulado ser, Artaud atenúa la opresión aplastante de dicho desequilibrio. Cada frase que brota de su dolor es un triunfo sobre esa nada que amenaza abatirlo dislocando su conciencia hora tras hora. Sólo Baudelaire en sus "Diarios Íntimos" y Lautréamont en "Los Cantos de Maldoror", pueden compararse con Artaud en la descripción de eso que él llama "la abominable sensación" que a veces se aferra a él convirtiéndolo en un despojo humano. Y lo hace así: "Hasta preferiría no describirla. Me gustaría fotografiar esa árida impotencia que se inclina dentro de mi ser como la curva de la vida". Y en realidad, la obra de Artaud es como la proyección de un paisaje mental en ruinas, del que emana la belleza de un abismo cubierto por mil ríos de lava congelada tras una erupción provocada por impulsos vitales de un alma lunar.
Artaud deberá luchar contra su propio cuerpo a fin de lograr extraer -vocablo tras vocablo- la luminosidad lacerada de sus textos.
Esa búsqueda de pureza, de intensidad existencial, de plenitud, que lo arrastró a una verdadera insurrección contra una sociedad regida por leyes erradas, lo llevó a sufrir terribles consecuencias. Por todo ello se sintió hermanablemente unido a Van Gogh y escribió una de sus obras fundamentales: "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD", a la cual André Breton la calificó de "obra hiperlúcida, obra maestra indiscutible". En un pasaje de la misma Artaud dice: "Van Gogh reclamó la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y eso la sociedad no lo toleraba".
Antes de insertar aquí un, momento revelador de ese vórtice, de esa vorágine, que sacude las entrañas del ser de Artaud y que se vuelve transparencia a través de las páginas desbordantes de furia y de honda reflexión de "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD", quiero transcribir un aserto magnífico de Aldo Pellegrini en su ensayo "Antonin Artaud el enemigo de la sociedad", refiriéndose a la locura: "Todo delirante es un acusador moral de los falsificadores razonantes que dominan y manejan el mundo en que vivimos. La locura representa una ruptura total del molde que se denomina mentalidad del hombre normal, y por ello no sólo prescinde de todas las normas convencionales, sino que vive directamente en el mundo de la imaginación. De ahí el estrecho contacto de la locura con la poesía. Pero lo que el poeta se limita a volcar en el verbo, el loco lo vive integralmente... La etimología de "paranoia" nos revela que significa "estar fuera de la mente", y la de "esquizofrenia", presentar una mente dividida. Pero el más adecuado es el término global de "alienación"; en efecto, ninguna designación mejor para ese mundo de apartados, más aún, de excluidos, que no aceptan la estructura mental deformadora que caracteriza al hombre actual. El alienado vuelve visible la alienación que lleva todo ser humano oculta como una vergüenza, la vuelve visible en toda su real dimensión. El loco es el ser de la gran autenticidad.
Todo aquel que se siente verdaderamente humano tiene el germen de la locura en sí, que no es más que la resistencia a aceptar un mundo ficticio, deshumanizado.
¿Pero qué es en definitiva el hombre normal? Echemos una mirada alrededor: crímenes, guerra, fraudes, crueldad, y flotando por encima el polvo adherente de la sordidez que le confiere su atributo más característico a la normalidad. Una masa humana regida fundamentalmente por el egoísmo y el odio, pero que predica enfáticamente la generosidad y el amor; que exalta la libertad al tiempo que la encadena; que sólo puede vivir en la más abyecta injusticia pero proclama la justicia como el fin más alto del hombre. Toda esa organización paranoica se mueve muy eficazmente al compás de la música de la razón, con toda una escenografía verbal que trata de ocultar el panorama de la sordidez y de la bajeza.
Loco es aquel que de alguna manera decide no participar, no someterse y no acepta vivir en el mundo llamado normal sino en otro mundo, que lamentablemente se ve reducido a ser su mundo exclusivo. La locura se convierte entonces en refugio para las fuerzas interiores autónomas, Despierta la posibilidad de alcanzar "ciertas revelaciones trascendentales".
Y ahora sí, vayamos al encuentro de esas páginas vigorosas, agudas, en las que Artaud -haciendo referencia a la tragedia de Van Gogh- hunde el escalpelo de su cólera en el corazón mismo de una sociedad fallida. Y lo hace con estos vocablos: "¿Qué se entiende por auténtico alienado? Es un hombre que prefiere volverse loco -en el sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano.
Por esa razón la sociedad amordaza en los asilos a todos aquellos de los que quiere desembarazarse o protegerse, por haberse rehusado a convertirse en cómplices de ciertas inmensas porquerías. Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables. Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar. Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente. Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gérard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge, y lo hubo en el caso de Van Gogh.
Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche. Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes."
Y esto se concatena con la punzante denuncia que lanza en este "Post scriptum": "Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra. ¿Y dónde está, en ese delirio, el lugar del yo humano?
Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales, Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo; por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicidó.
Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación,
Así se introdujo en su cuerpo
esta sociedad
absuelta
consagrada
santificada
y poseída
borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir,
y, como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno,
lo sumergió en una última oleada,
y tomando su lugar,
lo mató.
Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir ni pensar en vivir, sino como poseído."
La escritura de Artaud -como lo fuera la de Lautréamont- supera toda concepción imaginable de forma y contenido poéticos. Ambos crean un lenguaje singular, a la vez visceral y mágico, donde se fusionan la realidad más desnuda, descarnada, con el sortilegio de lo sobrenatural (es decir de lo que sólo pueden captar los iniciados). Y de allí surge con maravillosa fluidez una poesía de esencias, vivencial, volcánica, plena de incandescencias, aspirando a convertir en cenizas a esta sociedad carente de tolerancia, de sensibilidad y de amor. Con el correr de su pluma Artaud nos va transmitiendo los estremecimientos más íntimos de su ser, a través de profundas meditaciones metafísicas, de gritos lacerantes, de reflexiones filosóficas. Aquí es donde debo acudir, una vez más, a la certera opinión de Aldo Pellegrini y a la belleza con que fue expresada, al hacer mención de cómo -en Artaud- "la vida se convierte en obra": "Nadie puso su vida tan crudamente en su obra, no como reflejo de un transcurrir exterior, ni siquiera como confesión de sentimientos o reflexiones vinculadas con el anecdotario de una vida, sino yendo más adentro para alcanzar el lugar donde se alberga lo desconocido del hombre, donde nace el torbellino de las causas primeras en la mezcla de lo orgánico y lo metafísico, el lugar secreto de las grandes esperanzas y las grandes mutilaciones, de la conmoción pura y el asombro feroz, el lugar único de las significaciones inequívocas."
Entre la infinitud de ejemplos maravillosos surgidos del estro poético de Artaud, no puedo dejar de tentarme y transferir -ya mismo- el fragmento de una crítica (¡qué digo crítica: un POEMA de una exquisitez escalofriante y de un lirismo cárdeno, exultante, impulsado por una alegría interior provocada por el descubrimiento de un alma gemela: la de Van Gogh!).
Sólo Baudelaire logró alcanzar esta magnitud de belleza literaria -un siglo antes, en sus críticas de arte-. Ambos transfiguraron la crítica, despojándola de su fría objetividad mediante los acentos luminosos de su pasión, hasta convertirla en fascinantes soplos de poesía y de cadencia musical.
Dejémonos, pues, absorber en medio del espacio, más allá del tiempo, por esa tromba lírica transmutadora del arte y de la muerte que es "VAN GOGH, EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD", a través de este pasaje impregnado de los caracteres de la excelsitud poética: "Van Gogh extrajo esas calidades de sones de órgano, esos fuegos artificiales, esas epifanías atmosféricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutación.
Los cuervos pintados dos días antes de su muerte no le abrieron, más que sus otras telas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero abren a la pintura pintada, o más bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un más allá posible, de una permanente realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigmático y pavoroso más allá.
No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mató, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente lívida, de cualquier modo vacía, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo. Pero ningún otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crepúsculo.
.....En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado,
violáceo como los márgenes del rayo.
La insólita franja tenebrosa del vacío se eleva en relámpago.
A pocos centímetros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh soltó los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo de suicida,
siguiendo el tajo negro de la línea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocación desde lo alto.
Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio.
Cuadro soberbio, suntuoso y sereno.
Digno acompañamiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una última emulsión, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado."
Y un ejemplo irrebatible de la lucidez mental, de la justeza en la expresión, de la coherencia en su pensamiento, de la claridad en el lenguaje, la manifiesta Artaud cinco renglones después de lo antes expuesto, poniendo de relieve la sutileza de su talento: "Lo que más me sorprende en Van Gogh, el más pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la anécdota, al relato, al drama, a la acción con imágenes, a la belleza intrínseca del tema y del objeto, llegó a infundir pasión a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gérard de Nerval, de Achim von Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicológico y dramático, a sus telas de dos centavos."
Y completando este agudo análisis -en la misma página, al establecer algunas de las diferencias entre las personalidades de Gauguin y Van Gogh pone en evidencia, una vez más, su espíritu evolucionado... propio de un clarividente. Y lo hace con fuerza, con espontaneidad, con un estilo conversacional: "Pienso que Gauguin creía que el artista debía buscar el símbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensión del mito, mientras que Van Gogh creía que hay que aprender a deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida, y según yo pienso, carajo que estaba en lo cierto.
Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier fábula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad.
No se necesita más que el genio de saber interpretarla."
El tema de la realidad me lleva a mencionar la identificación de Artaud con el teatro, de lo que me he explayado en otro acercamiento a este singular iluminado... que titulé "Antonin Artaud o el redescubrimiento del hombre" (También editado en este número de La Máquina del Tiempo). De todos modos el teatro es una materia insoslayable al hablar de Artaud, para quien "el teatro tiene que ser el doble no de la realidad cotidiana y directa sino de otra realidad peligrosa". Se refiere a la auténtica realidad del ser humano permanentemente prohibida por la sociedad. Esto sostiene en su libro "El TEATRO Y SU DOBLE", aspirando a que erija en el doble del teatro dado que el teatro de Occidente siempre se había limitado a ser simplemente el doble de la vida.
El flujo de la metafísica bullía sin cesar en sus venas, lo cual queda denotado en toda su obra, y -por supuesto- en lo que concierne a su concepción del teatro. En su "TEATRO DE LA CRUELDAD" nos anuncia lo que propone: "El teatro debe perseguir un replanteo, no sólo de todos los aspectos del mundo objetivo, sino también del mundo interno, es decir del hombre considerado metafísicamente."
A fin de lograr ese anhelo asevera: "Es preciso crear una metafísica de la palabra, del gesto, de la expresión, para rescatarlos de su servidumbre a la psicología y a los intereses humanos".
Más que un pensamiento... la metafísica, para Artaud, era un sentimiento. Iba más allá de la idea de Kierkegaard, puesto que para él la angustia y la desesperación dejaban de ser conceptos para convertirse en estremecimientos orgánicos, viscerales. La metafísica no se limitaba a lo conceptual sino que era el núcleo de lo vital. Esto surgía de pulsaciones muy internas que lo arrojaban de bruces en exaltaciones que se manifestaban tanto en su obra teatral como en su poesías
El teatro es esencialmente metafísico, para Artaud, y el soplo metafísico -sostiene- debe expresarse mediante un lenguaje corporal hendiendo el espacio y vertido a través del movimiento, lo cual transfigura al ser convirtiéndolo en poesía. Y clama: "¡Hay que sustituir la poesía del lenguaje por una poesía en el espacio!"
Para Artaud el teatro no tiene que imitar sino transfigurar. Impulsado por esta idea se rebela contra el teatro tradicional -también en lo que respecta al actor-, dado que en el teatro clásico el actor se deja poseer, sin resistirse, por el espíritu de un ser de ficción, mientras que en el teatro revolucionario que concibe Artaud... el actor gesta y desarrolla una acción que yacía en estado embrionario en el abismo de su propio ser.
Artaud siente -en lo más profundo de su interior- que el teatro es hechizo, magia, ceremonia, y que no sólo debe cumplir una función en pro de un regocijo estético sino que es necesario que sacuda las fibras más profundas del espectador con la finalidad de hacerle captar, percibir de lleno la atroz violencia, la agresión constante que significa vivir.
En su ensayo "EL TEATRO Y LA PESTE" nos llega su pensamiento como un grito. Pero un grito demoledor de la molicie, la inercia, la sumisión a las que se ha entregado el ser humano debido a esa boyuna aceptación del mundo globalizado, estupidizante, mecanizado que han ido imponiendo los nefandos arquitectos de la sociedad actual (y de la sociedad de siempre -es preciso añadir-), porque Artaud sabia, como Discépolo, quien lo trasunta en 1935 en su tango "Cambalache"..."que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...(¡en el quinientos seis y en el dos mil también!)".
Y este filósofo-poeta-metafísico del tango respira la verdad sobre la condición humana y la utilización negativa de ese prodigio que es el cerebro, por parte del hombre... al unísono con Artaud en ese otro tango, de 1931, titulado "Qué "sapa", Señor?": "la tierra está maldita
y el amor con gripe, en cama...
La gente en guerra grita,
bulle, mata, rompe y brama.
...¡Qué "sapa" Señor...
que todo es demencia!..."
Sí. En "El Teatro y la Peste" Artaud nos lanza este grito terrible y a la vez tanto libertario como liberador: "El teatro debe ser como la peste, un azote vengador, una epidemia redentora", para proseguir así: "La acción del teatro como la de la peste es beneficiosa, pues al impulsar a los hombres a que se vean tal como son, hace caer la máscara, descubre la mentira, la debilidad, la bajeza, la hipocresía del mundo,"
Este auténtico proyecto en búsqueda de la libertad, a través de la expresión teatral más revolucionaria que se haya conocido, lo concretó en su experiencia del Teatro "ALFRED JARRY" (que fundó en homenaje al gestador de "Ubu Rey"). Y llevó sus ideas hasta sus últimas consecuencias ya que fue el creador del ANTITEATRO (vale decir: un teatro concebido de una manera totalmente nueva). Su influencia se proyectó sobre diversos movimientos de vanguardia teatral hasta nuestros días. Y sus epígonos más sobresalientes son los maestros del Teatro del Absurdo: Ionesco, Beckett y Adamov, como asimismo el Living Theater, el laboratorio de Jerzy Grotowski y Jean Genet (estos tres... fieles al "Teatro de la Crueldad"), sin olvidarnos de su discípulo Roger Blin, de Peter Weiss y Peter Brook.
Todos ellos recogieron elementos del teatro concebido por Artaud, quien a su vez dejó pasar por el tamiz de sus ideas las salvajes y fascinantes expresiones gestuales, corporales, guturales y sonoras del teatro de Bali, al que se refirió así: "Se diría que se trata de olas de materia que encurvan con precipitación sus crestas una sobre otra, y acuden de todos los rincones del horizonte para insertarse en una porción ínfima de estremecimiento, de trance."
En el teatro volcó Artaud, en gran medida, ese drama espantoso, de haber adquirido conciencia del absurdo de la vida y de la locura que campea por el mundo... donde los valores se hallan alterados cuando no invertidos. La existencia de Antonin Artaud se convirtió en una horrible y permanente actividad poética. Artaud puso sobre el tapete, con una claridad alucinante, esa verdad irrefutable -difícil de asimilar-: que estamos debatiéndonos en una sociedad regida por pensamientos prefabricados, enfermizos, y que lo que nos venden como veracidad es la mayor de las falsías. Cada grito de Artaud encierra la angustia de todos los seres. Cada grito de Artaud es una vibración poética en estado de delirio que resume la soledad ineludible del hombre.
Artaud expresa -en su obra y en sus actos- la certidumbre ígnea (ante la más dolorosa de las experiencias) de la violación de la conciencia de cada individuo... debido a la acción violenta de la conciencia de los otros. La captación de tantas verdades esenciales justifica ese desgarramiento que le impulsó a escribir "PARA TERMINAR CON El JUICIO DE DIOS".
Antonin Artaud -actor de cuerpo y alma, escritor y siempre poeta ha sido un demiurgo (un ardoroso principio activo del mundo). Y vivió haciendo flamear, incesantemente, la oriflama de la revulsión contra la existencia tal como estamos condenados a soportarla.
Antonin Artaud consigue hacer de su vida lo que se había propuesto concretar en el teatro: "la materialización corporal y real de un ser colmado de poesía."
Y con ese soplo descarnado, como surgida de la acción de una quemadura que mantiene al cuerpo -y al pensamiento- en llaga viva, me acerco a la culminación de este buceo en la vorágine del espíritu de Antonin Artaud... al recordar estas palabras suyas que son sinónimo de VERDAD y de POESÍA:
"Hay un complot contra la conciencia, y ese complot ni siquiera se remonta al diluvio, y no vino de las esferas sino de toda la humanidad. Se dice que la humanidad se queja porque va a expirar. Pero esto es falso, y -salvo algunos escritores europeos que conozco- no pide más que continuar. No pide más que continuar con su innoble comida de crápula, sin pagar. Y si la humanidad se queja de hambre, miente: siempre estuvo llena hasta el hartazgo. (Y me refiero a la humanidad regidora de los destinos de los pueblos). Hace más de cuatro mil años que no cesa de triturar y pulverizar, en el antro sin fin de su vientre de vampiro, el semen de los refinados."
Artaud -como los grandes iluminados- tiene sus detractores y sus seguidores; ha sembrado odio en unos y admiración en otros. Aquellos han intentado crucificarlo, aniquilarlo. Y estos (sus hermanos espirituales) duermen a su lado, sin miedo, con la alegre certidumbre de que su obra y su vida -transformadoras del dolor en melopea impregnada de pureza- son signos inequívocos de la posibilidad de un re-nacer del hombre.
Antonin Artaud -con sencillez conmovedora- sintetiza la esencia de su anhelo en las palabras de introducción a su libro "EL OMBLIGO DE LOS LIMBOS": "Querría hacer un libro que perturbe, que sea como una puerta abierta con acceso a un lugar al que nadie hubiera consentido en ir; una puerta simplemente conectada con la realidad". Y su logro fue absoluto, ya que conectarnos con la realidad visible para el hombre y hasta nos llevó a atisbar tras los vaporosos umbrales de la muerte.

 

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