Uccello
el Pelo
Por
Antonin Artaud
del libro El Arte y la Muerte
Para
Génica.
El Arte y la Muerte
Antonin Artaud
(Caja Negra) |
Uccello,
mi amigo, mi quimera, has vivido con ese mito de pelos. La sombra de esa gran
mano lunar donde imprimes las quimeras de tu cerebro jamás llegará
hasta la vegetación de tu oreja, que gira y hormiguea a la izquierda
con todos los vientos de tu corazón. A la izquierda los pelos, Uccello,
a la izquierda los sueños, a la izquierda las uñas, a la izquierda
el corazón. Todas las sombras se abren a la izquierda, naves, como orificios
humanos. La cabeza recostada sobre esa mesa donde toda la humanidad se tambalea,
qué otra cosa ves que la sombra inmensa de un pelo. De un pelo como dos
bosques, como tres uñas, como un pastizal de pestañas, como un
rastrillo en las hierbas del cielo. Estrangulado el mundo, y suspendido, y eternamente
vacilante sobre las llanuras de esta mesa plana donde tú inclinas tu
cabeza pesada. Y a tu lado cuando interrogas los rostros, qué ves sino
una circulación de ramificaciones, un emparrado de venas, la huella minúscula
de una arruga, el ramaje de un mar de cabellos. Todo es giratorio, todo vibrátil,
y qué vale el ojo desprovisto de sus pestañas. Lava, lava las
pestañas, Uccello, lava las líneas, lava la huella temblorosa
de los pelos y las arrugas sobre esos rostros colgados de muertos que te miran
como huevos, y en tu palma monstruosa y llena de luna como de un alumbrado de
hiel, aquí tenemos todavía la huella augusta de tus pelos que
emergen con sus líneas finas como los sueños en tu cerebro de
ahogado. De un pelo a otro pelo, cuántos secretos y cuántas superficies.
Pero dos pelos uno al lado del otro, Uccello. La línea ideal de los pelos
intraduciblemente fina y repetida dos veces. Hay arrugas que dan vuelta a las
caras y se prolongan hasta el cuello, pero bajo el cabello también hay
arrugas, Uccello. Por eso puedes dar toda la vuelta a ese huevo que cuelga entre
las piedras y los astros, y es el único que posee la animación
doble de los ojos.
Cuando pintabas a tus dos amigos y a ti mismo en una tela bien tendida, sobre
la tela dejaste como la sombra de un extraño algodón, en lo cual
discierno tus pesares y tu pena, Paolo Uccello, mal iluminado. Las arrugas,
Paolo Uccello, son cordones, pero los cabellos son lenguas. En uno de tus cuadros,
Paolo Uccello, yo he visto la luz de una lengua en la sombra fosforosa de los
dientes. Precisamente con la lengua llegas a la expresión viva en las
telas inanimadas. Y precisamente de ese modo es como yo, Uccello todo envuelto
en tu barba, vi que me habías comprendido y definido de antemano. Bienaventurado
seas, tú que has tenido la preocupación rocosa y terrateniente
de la profundidad. Tú viviste en esta idea como en medio de una ponzoña
animada. Y en los círculos de esta idea giras eternamente, y yo te persigo
a tientas con la luz de esta lengua como hilo, que me llama desde el fondo de
una boca milagrosamente curada. La preocupación terrateniente y rocosa
de la profundidad, yo que carezco de tierra en todos los grados. ¿Realmente
presumiste mi descenso a este mundo infame con la boca abierta y el espíritu
perpetuamente asombrado? ¿Presumiste esos gritos en todos los sentidos
del mundo y de la lengua, como un hilo extraviadamente devanado? La larga paciencia
de las arrugas es lo que te salvó de una muerte prematura. Porque, yo
lo sé, tú habías nacido con el espíritu tan hueco
como yo mismo, pero pudiste fijar ese espíritu sobre algo menos todavía
que la huella y el nacimiento de una pestaña. Con la distancia de un
pelo, te balanceas sobre un abismo temible y del que sin embargo estás
para siempre separado. Pero también bendigo, Uccello, muchachito, pajarito,
lucecita desgarrada, bendigo tu silencio tan bien plantado. Fuera de esas líneas
que avanzas con la cabeza como una fronda de mensajes, de ti no queda más
que el silencio y el secreto de tu bata cerrada. Dos o tres signos en el aire;
cuál es el hombre que pretende vivir más que esos tres signos,
y a quien, a lo largo de las horas que lo cubren, pensaría uno en preguntarle
más que el silencio que los precede o los sigue. Siento que todas las
piedras del mundo y el fósforo de la extensión que acarrea mi
paso se abren camino a través de mí. Forman las palabras de una
sílaba negra en los pasturajes de mi cerebro. Tú, Uccello, enseñas
a no ser más que una línea y la capa elevada de un secreto.
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