Antonin Artaud
Pedazo de Nervios

Por Agustina Jojart


Reconocerse en Antonin Artaud es una costumbre que practican aquellos que habitan algún tipo de infierno. El arte como manifestación es un nervio vivo por el cual escapamos a las formas de morir o recreamos nuevas maneras de estar para estar en la vida; es el puente que nos conecta con una realidad deseada, pero no olvidemos que los dolores y los placeres están dentro de cada uno: cualquiera otra invención de espacios ideales será una ficción infernal: el arte nos libra de la locura y nos conduce paradójicamente a ella.
Artaud fue el artista más sincero consigo mismo y con el arte; siempre fue en busca de lo que jamás hallaría o, quién sabe, en busca de lo que ya estaba en él.
Artaud. El doble. La contradicción. Salir. Volver. Lo pesado de los nervios. Los pedazos. La unidad. Antonin.
Antonin Artaud decía que la niñez era como la muerte. Y me pregunto cómo habrá sido la infancia de un niño sin juguetes ¿Cómo es la infancia de la meningitis?
¿Con quién juega la membrana de su cerebro, y en qué parques los nervios son verdes y sólo puede uno reírse? Recordarás esta infancia como el más absurdo de los encierros...
Hace unos meses tuve la oportunidad de visitar a Antonin en la prisión amarillenta de algún libro -no recuerdo cuál- pero allí me esperaba su imagen... y ciertas veces me parecía acompañarlo en esa fotografía: su juventud era tersa y en ebullición. Pero ya había dolor en esos ojos; había afán de encuentros.
Páginas más tarde, lo vi desecado. Estoy segura de que fueron los pájaros eléctricos. Los histéricos de blanco con alas y con picos que llevaban a Antonin a sus sesiones de electroshock. ¿Quién te ha hecho esto? Los apenas cabellos resecos alborotados por el aletear de la descarga de corriente sobre ese rostro picoteado y óseo. La internación fue un palomar, pero no se volaba más que con el pensamiento.
Me atrevo a pensar que su vida fue una niñez, siempre y que, más allá de su esquizofrenia, vivió latiendo en una contradicción que lo hizo hombre, poeta y dolor: ser y no ser. Vivió buscando nuevas formas de liberación y equilibrio. Ideando la manera de escapar de la sociedad de masas sólo para huir de lo falso.
Puedo oírlo... avanza con una respiración lenta, desde el vientre hasta los pulmones; está recostado, atrapado en una cama; no hay fuerzas pero comienza una picazón en los músculos de la garganta y los espasmos de las cuerdas vocales. Una voz añeja, que ha estado allí desde hace tanto tiempo, brota: parece que gritara una vieja... parece el sacrificio de un cerdo. Antonin no puede moverse. Sólo emite unos sonidos agudos -parece cantar. Y yo bailo. Así nos entendemos... desde el arte; lo siento desde las palabras y dice:

" Si uno pudiese gustar al menos de su nada, si uno pudiese descansar bien en su nada y esa nada no fuese una cierta clase de ser pero tampoco la muerte completa.
Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto ciertamente no es un sufrimiento.
Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí. Sólo tengo una ocupación: rehacerme."

He aprendido a apartar a Artaud de su enfermedad, de la afección de su sistema nervioso y de su patología. Descubrí a un hombre de carne a la intemperie. Antonin es cualquier hombre en cualquier tiempo. Halló su inspiración en problemas existenciales y vivió sin saberse ¿Quién no ha sido Artaud alguna vez? ¿Qué hombre, más allá de su contexto o en virtud de éste, no ha pensado en rehacerse? Sin embargo, Artaud parecía estar más adherido particularmente a estas atmósferas pegajosas que no se quitan: el ser... para qué... por qué...

Pese a toda la contradicción con la que vivió los días de su mundo, Antonin puso siempre el cuerpo al servicio del pensamiento y logró latirse, circularse, aislarse, nacerse y morirse; nada lo detuvo... Fue conciente de su enfermedad y de que zafarse de ella sería un intento de fuga frustrado. El destino lo había empeñado y estaba en manos de lo ajeno.
Cierro el libro y su voz me llega. Temo pasar frente a un espejo y ver su rostro en lugar del mío. Las extremidades desarticuladas de su cuerpo, los pedazos sueltos de su carne, toda su unidad nerviosa. Antonin se asombró del mundo, pero sin este asombro no hubiera sido capaz de sufrir ni de tomar conciencia de sus estados de afección mental. Es tan extraño sentirlo en las noches cuando llega en forma de vacío y llena un espacio que no existirá nunca. Ese es el dolor que su vida nos deja. Las preguntas que él se hizo; las respuestas que no hallaremos.

¿Quién no ha sido alguna vez Antonin Artaud?

 

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